///Kike Dordal///

La imagen, la palabra, la voz… pinceladas del pensamiento
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Lilit y el Búho

(Versión libre)                                                                                 por Kike Dordal

Cuentan los cronistas que en los primeros tiempos, el paraíso terrenal fue habitado por Adán, el primer Hombre. Cuentan también que el relato escrito de estos sucesos, la Biblia, ha sido, a lo largo de los años, cercenado en sus textos y adaptada la historia a las necesidades e intenciones de quienes la difundirían como la palabra sagrada.
Lo cierto es que, en esos párrafos censurados, aparecía una mujer, llamada Lilit, que fuera la primera y no Eva, en apoderarse del verdadero amor de Adán. Lilit era una mujer alta, esbelta, de piel profundamente morena, cabello obscuro, lacio y largo hasta donde la vista alcanza. De ojos profundos y mirada inquietante, su belleza era tan inmensa como la noche. Su elasticidad corporal y la armoniosa capacidad de movimiento le imprimían cualidades muy especiales y por cierto irresistiblemente atractivas. Tenía la virtud de volar y confundirse en la noche con el firmamento, percibiendo el brillo de sus ojos como estrellas lejanas y su cabello con flameantes constelaciones.
La principal característica de la relación de Adán y Lilit era la pasión, el estremecimiento, la inmensidad y exaltación sublime de los sentidos, todos, tanto que imaginaban poseer un sexto, séptimo o infinitos sentidos que les permitían ahogarse en la más bella de las sensaciones.
A la sencillez y hosquedad de Adán comenzaron a perturbarle algunas situaciones. Tales como la incertidumbre del momento en que Lilit se presentaría para entregarse plenamente al amor, a brindarle ese sentimiento que le otorgaba absoluta plenitud, pero era tan pleno como fugaz e incierta la posibilidad de que se repita, eso al hombre lo atormentaba. Tal era el tormento y el miedo que decidió quejarse ante el Supremo. La intención no era cambiar a la bella dama, sino domesticarla, hacer de la fiera una mujer más dócil, menos curiosa y, en definitiva, menos libre, “tal vez, si no volara…” conjeturaba el nuevo hombre.
El Supremo sabía que domesticar a Lilit era imposible, que ésa era su esencia y no permitir que volara era provocarle una mutilación que contradecía los principios mismos de su creación. Teniendo en cuenta esto y aceptando las limitaciones de Adán que, consideraba también, parte de su libertad, decide ampliar su reino y crear un nuevo ser que satisfaga las necesidades de su pupilo.    Así es que llamó al Hombre a su altar infinito y le dijo, “Tomaré una de tus costillas y crearé un nuevo ser, con tu sangre y con tu espíritu, para que tú lo guíes y compartas con él tus apetencias…”. Y así fue que creó a Eva. Tuvo la inteligencia de otorgarle a la Mujer características físicas similares a Lilit con la provocada intención de atraer y seducir a Adán pero no le otorgó el don de la curiosidad ni mucho menos la capacidad de volar.
Eva era una mujer realmente bella, de cuerpo armónico y abundante, de manos delicadas y movedizas, de brazos amplios y pies sólidos que la afirman con vehemencia al suelo. Su sonrisa era amplia y permanente, la expresión de su rostro era claramente complaciente. No fue difícil para Adán aceptar a Eva como compañera, en apariencia todo lo tenía resuelto.
Lilit tardó muchos días en regresar, volaba incansablemente por sus noches de aventura, de búsqueda, de amor, de lujuria, de placer y de felicidad. Una noche en la que regresaba donde Adán, a quien amaba profundamente y extrañaba, su vuelo se vio interrumpido por un chistido en la oscura noche, cuando baja la vista, los ojos de pupilas ovoides la observaban e invitaban a descender. La charla con la serpiente fue breve, la anotició de la nueva creación, Eva, y luego le dijo, “vé, compruébalo tu…”.
Con la furia en su cobriza piel erizada de ira se lanzó en un vuelo trazante hasta que alcanzó a sobrevolar el paraíso y vio lo que nunca hubiera querido ver. Adán y Eva juntos en el paraíso de la eternidad. Una indescriptible y numerosa mezcla de sentimientos atravesaron su existencia, sobre todo la profunda tristeza que sentía por no comprender a Adán y sobre todo, por amarlo, inmensamente. Pasó días observándolo desde las alturas y lo que más la atormentaba era la naturalidad y alegría con que su amado aceptaba el nuevo casal. La inconsciencia del amor le resultaba intolerable. Recurrió entonces a quien ahora parecía su amiga, la serpiente.
En conversación con el ofidio éste le propuso un pacto, una venganza. El dolor profundo y el enojo hicieron irracional la decisión de Lilit y aceptó el trato. La cobra haría caer en la tentación a Eva y sería expulsada del paraíso, Adán volvería a sus pies y la serpiente sería presentada al mundo con un bondadoso ser. Las cosas no salieron mal, el reptil mintió.
Eva, como bien predijo la sierpe, cayó de inmediato en la tentación, y arrastró a Adán que también se entregó a la tentación, situación que la serpiente sabía pero ocultó.
Cuando el Supremo advirtió los hechos expulsó de inmediato a Adán y Eva de la eternidad, convirtió lo que en el paraíso eran virtudes en castigos y los obligó a utilizar, de por vida, la mayor de sus energías y libertades en la subsistencia. Condenó también a Adán a vivir rodeado de Eva o similares y alejado de las Lilits.
La serpiente no sufrió castigo porque cualquiera de ellos hubiese sido placentero para su existencia y Lilit fue convertida en Búho y así encerrada en la noche y desprovista de virtudes y por ende de su preciada libertad.
Y así el mundo comenzó a andar.
Pero transcurrieron muchos, pero muchos años y a pesar de la trampa del ofidio y los castigos del Supremo, no consiguieron alejar para siempre a los Adanes de las Lilits. Existen en el mundo, sin razón aparente, las descendientes de Lilit y nadie pudo explicar porqué.
Algunos cronistas e investigadores concluyeron que, en las prolongadas recorridas nocturnas de Lilit antes de ser convertida en Búho, conoció mundos inimaginables a los que se entregó y amó, sin dejar ni por un segundo de amar a su Hombre. Y fueron precisamente esos amores fugaces en la inmensidad de las noches los que garantizaron al mundo la existencia de Lilits, o lo que después llamarían mujeres libres, que no son ninguna otra cosa mas que su decendencia.
Lo cierto es que en este mundo los hombres deben dirimir en sus vidas a qué mujeres amarán y elegirán. La deseadas, libres, inseguras y misteriosas como los búhos. O las complacientes, seguras y predecibles como Eva.
Todos los hombres descendemos de Adán.

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Posted in LITERATURA? and Prosa 4 aoss, 10 mess ago at 17:01.

1 comment

One Reply

  1. Por favor, quiero Lilts.