///Kike Dordal///

La imagen, la palabra, la voz… pinceladas del pensamiento
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VOLAR DESNUDO

texto y fotos por Kike Dordal

Tenía sólo 16 años, vivía bien, pero no muy contento. Tenía su casa, su familia, sus pertenencias, sus amigos, novias y demás yerbas, pero, algo le faltaba y no sabía qué.

Caminaba por las calles nocturnas y pensaba, sentía que tenía que buscar algo, pero seguía sin saber qué ni, mucho menos dónde. Algo le decía que lo encontraría en la noche, donde lo cotidiano descansa, lo rutinario duerme y los prejuicios sueñan. Muchas noches caminó buscando algo, que no encontró. Aunque no sabía qué, cada vez lo deseaba más.

Volar

Tenía sueños extraños desde hacía mucho tiempo. En ellos se desnudaba por completo y salía a la calle y en cuanto se cruzaba con alguna mirada de censura, comenzaba a despegar del suelo como un ave amenazada por un predador y volaba como un papel en la noche desierta. Agitaba levemente sus manos como si el aire fuese lo suficientemente espeso para elevarse. Reía y veía a la gente caminar vestida y triste. El volaba desnudo y feliz. Se mostraba libremente y descubría su sexualidad con descaro y soberbia. No era lo mismo al despertar. Estaba en tierra, el aire era más liviano, en ocasiones se observaba culposamente desnudo, en otras, represivamente vestido. Se confundía, su cuerpo y su sexualidad, al contrario que en sus sueños, en tierra, no parecían cosas alegres. Se sentía un ser raro, aunque trataba de no serlo, o al menos de no parecerlo. Que no era fácil. Sus noches eran sus momentos de fuga, así como la soledad era el espacio permisivo. La existencia de luz o alguna otra persona lo transformaba, sumido en su culpa y el miedo de traslucir algunos sentimientos que sólo el aire, la noche y la soledad podrían comprender. Algo tenían que ver estas vivencias con aquella sensación de buscar algo en la noche y solo. Pregunta eterna.

Cierta noche paseaba por una vereda oscura de Buenos Aires, de esas llenas de pozos y roturas que sólo se arreglan en vísperas de elecciones, una mujer caminaba hacia el, le pareció bonita, pero intuyó que nada de lo que le pudiera decir la acercaría a él, presumía que más que nunca su rareza se transparentaba, un deseo inmenso se desplomó sobre su mente, lo quiso rechazar argumentando que, si bien era de noche, no estaba en uno de sus efímeros sueños, ¿o sí?, se preguntaba. El tiempo se había detenido, la mujer se congeló unos metros antes de llegar a él, entonces, convencido de su sueño de abstracción, comenzó a desabrocharse el cinturón. Bajó su cierre con la misma naturalidad con la que tosió, dejó su intimidad tan descubierta, como no queriendo disfrutar, solo en sus sueños, su maravillosa desnudez. Inevitablemente sus miradas se cruzaron, y percibió a su madre despertándolo muy temprano para ir al colegio, pero como si hubiera abierto sus ojos de golpe, nunca cerrados, encontró un iris negro fijado en sus retinas. Reaccionó bruscamente, tembloroso, cubrió sus genitales sin retardo, apuró tímidamente su paso y guió su andar con el gris y frío cordón. “Esperá”, murmuró una voz suave que parecía venir de la noche, escondida en su sueño, quiere voltear su cabeza pero no se anima, como a tantas cosas que, hasta ahora, nunca se había animado, pero por fin se animó. Era la mujer de pupilas negras que, con mucha suavidad, le pidió que se acercara. Como un ladrón descubierto , con su paso pesado de vergüenza, acorto las distancias hacia no sabía dónde, pero la incertidumbre lo seducía como a un gato. Ella, con una delicadeza inofensiva le preguntó por que había hecho aquello. Su pequeñez le dolía, su voz apenas se escuchaba, sus palabras agonizaban antes de nacer, sus labios se negaban a moverse. Se oyó, como si no saliera de su boca, “no sé”. Con la misma suavidad la mujer se le acercó, no parecía tener miedo, aunque el se sentía un monstruo, le preguntó su nombre y él aterrado le respondió. Su cuerpo quería correr pero algo lo detenía. Ella continuaba con las preguntas, como intentando relajarlo, tratando de explicarle que lo que había hecho no era tan grave, que aún así podían hablar, se mostró interesada en hablar con él. Su cuerpo se mantenía erguido, contracturado y con la vista hacia abajo. No entendía por que ella le hablaba. No debía recibir comprensión sino castigo. Pero el castigo no existió y él no entendía por qué. El suave interrogatorio continuó, y el sentía que esa mujer estaba logrando relajarlo, le pregunto de su vida, adonde iba, de donde venía, qué hacía y el contestó todo, hasta confesó su vergonzosa virginidad a pesar de su novia. Ella comprendió rápidamente, mucho más que él, y tiernamente le pidió que la acompañe hasta la puerta de su casa. Él silenciosamente, aceptó. Un cóctel de miedo, incertidumbre, deseo, curiosidad y culpa habitaban su ser. La tranquilidad de ella lo detenía, era el grillete que no le permitía salir corriendo.

Obscura

Obscura

Lavalle, a pocos metros del abasto, calle poco iluminada, casas antiguas habitadas por el sueño y el cansancio de gente que trabaja. En la puerta de unos de los zaguanes el la escuchaba atento y respondía nervioso, a cada momento miraba la hora, ese episodio que estaba viviendo no estaba escrito en el libreto de su vida y no sabía con que iba a llenarlo. Pero se quería quedar, aunque sabía que, según ése libreto, debía irse.

La inmovilidad seguía siendo su principal actitud, ella con naturalidad continuaba la charla como ignorando el pánico de su consorte. Sin preámbulos ni advertencias ella se acercó tanto a él que antes de que se diera cuenta lo besó y casi simultáneamente posó su mano en la entrepierna, como intentando palpar aquello que él no debía haber mostrado. El pánico superó su capacidad de dominio y se dejo besar y tocar y besó y tocó. Con extrema delicadeza ella lo invitó a entrar, por que estaban en la calle, fue su argumento. A él parecía darle lo mismo, no tenía absoluta conciencia de dónde estaba. Entraron, la casa estaba oscura, no prendió la luz, el se dejaba llevar, lo recostó sobre una cama y comenzó a desvestirlo, el no veía nada, sólo imaginaba. Todo pasó sin luz, como si no hubiera tenido que haber registro de lo que paso. El tacto, el olfato y el gusto fueron sus tres sentidos que despertaron. Cuando ya todo había acabado ella le pidió que se fuera por que era tarde y su tío, con quien vivía estaba por llegar, pero agregó que volviese cuando quisiera. Él, mudo como desde hacía varios minutos, se vistió y se fue.

Soledad

Soledad

Nervioso, contento, asustado y apurado comenzó a caminar hacia su casa, quedaba cerca, percibía olores, tenía miedo de ser descubierto por sus padres. A ellos les dijo que se encontró con un amigo y se quedó charlando. No podía dormir, pensaba en contárselo a sus amigos del colegio, sobre todo por que no tuvo que pagar, en ésa época, así era. Pasaron los días y luego de contarlo a sus amigos, seguía pensando en lo mismo. Ahora ya se podía sentir hombre. Pero algo no le cerraba y no tenía la menor idea de qué. En su cabeza daba vueltas una pregunta sin respuesta, porqué lo habrá querido hacer completamente a oscuras y sólo por atrás. Nunca más se animó a volver.

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Posted in Prosa 5 aoss, 8 mess ago at 13:28.

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